domingo, 11 de enero de 2026

 En la ladera de una colina azotada por el viento, un árbol que crecía torcido. Desde que era pequeño, se había abierto camino entre rocas y sombras, buscando la luz donde podía. Su tronco no seguía líneas rectas: se doblaba, giraba y se curvaba como si cada rama contara su propia historia.

Los leñadores del valle lo miraban con desdén:
—Ese árbol no sirve —decían—. Está mal hecho.

Mientras tanto, en el corazón del bosque, crecían árboles altos, rectos y orgullosos. Todos los admiraban, señalándolos como ejemplo de perfección. Pero cuando llegó el invierno más duro que se recordaba, los hombres regresaron con hachas afiladas. Uno a uno, los árboles rectos cayeron. Sus troncos se convirtieron en mesas, vigas y puertas. Silenciosos para siempre.

El árbol torcido, en cambio, permaneció en pie. Nadie quiso talarlo. Su forma extraña no encajaba en ningún plan ni en ninguna medida, pero precisamente por eso sobrevivió.

Con los años, bajo su sombra descansaron viajeros cansados y curiosos. Pájaros encontraron refugio en sus ramas curvas, donde los troncos rectos ya no estaban. Sus raíces, fuertes y retorcidas, sujetaron la tierra durante lluvias torrenciales, evitando que la colina se deslizara.

El árbol torcido envejeció allí, con su forma única, viviendo a su manera. Y poco a poco, el bosque aprendió una lección que ninguna regla podía enseñar: no todo lo que parece imperfecto es inútil, y no todo lo recto está destinado a perdurar.

Así, el árbol torcido se convirtió en símbolo de vida, resistencia y libertad, recordando a todos que la belleza verdadera no siempre crece en línea recta.

E.A.A




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